Minedu publica la evaluación formativa transitando hacia una evaluación centrada en el aprendizaje

Deja un momento tu papel de docente y recuerda tus días como estudiante. Es domingo por la tarde y mañana es día de examen. ¿Qué pasaba por tu mente? ¿Qué emociones generaba esto en ti? ¿Angustia? ¿Cómo estudiabas para el examen? ¿Te interesaba comprender lo aprendido o lo más importante era aprobar, memorizando fechas, nombres, ríos y capitales?

Esta situación que hemos evocado refleja lo que se conoce como evaluación tradicional, cuyo enfoque se centra en medir cuánto el estudiante es capaz de retener, considerando lo que el profesor le ha enseñado. Responde a un paradigma donde el aprendizaje se concibe como la acumulación de conocimientos. En este contexto, la memoria se valora ampliamente y el estudiante que logra recordar más información o reproducir un procedimiento correctamente es quien obtiene los mejores resultados.

La evaluación tradicional está centrada en la enseñanza y su principal propósito es calificar al estudiante, generalmente, al término de un periodo. En este modelo, el calificativo (nota) que se otorga es solo para identificar quién aprobó o desaprobó según lo planteado por el docente. Sin embargo, dicha calificación no indica nada sobre los procesos de aprendizaje, lo que el estudiante realmente comprendió o lo que aún necesita aprender. Al final, la nota es lo único que importa.

A partir de diversas contribuciones de educadores, investigadores y especialistas de diferentes disciplinas, quienes han reflexionado sobre la evaluación tradicional y nos han alertado sobre sus limitaciones, el concepto de evaluación ha venido cambiando gradualmente hasta nuestros días.

¿Cómo viene cambiando la evaluación en las escuelas?

El caso de andrea: de solo calificar a promover aprendizajes
La evaluación tradicional está centrada en la enseñanza y su principal propósito es calificar al estudiante, generalmente, al término de un periodo. En este modelo, el calificativo (nota) que se otorga es solo para identificar quién aprobó o desaprobó según lo planteado por el docente. Sin embargo, dicha calificación no indica nada sobre los procesos de aprendizaje, lo que el estudiante realmente comprendió o lo que aún necesita aprender. Al final, la nota es lo único que importa.
A partir de diversas contribuciones de educadores, investigadores y especialistas de diferentes disciplinas, quienes han reflexionado sobre la evaluación tradicional y nos han alertado sobre sus limitaciones, el concepto de evaluación ha venido cambiando gradualmente hasta nuestros días.

El inicio: la calificación como única herramienta

Hace diez años, Andrea entendía la evaluación como el proceso de elaborar una prueba escrita, aplicarla y devolverla corregida. En cada entrega, observaba en sus estudiantes diversas emociones: unos suspiraban aliviados, otros celebraban con entusiasmo gritando “¡pasé!”, mientras que algunos mostraban frustración o, incluso, desconsuelo.En una ocasión, Andrea observó cómo Daniela y Mateo, dos de sus estudiantes, festejaban su “empate”, pues ambos habían obtenido 16 en un examen de Matemática. Esto la llevó a cuestionarse si ese resultado realmente reflejaba lo mismo para los dos. Por eso, les pidió las pruebas de vuelta, las analizó con más detenimiento y descubrió que, aunque
la nota era igual, las habilidades y dificultades de cada uno eran muy diferentes: Daniela confundía el concepto de área y perímetro, pero realizaba cálculos operativos con facilidad; por su parte, Mateo entendía bien los conceptos, pero tenía serios problemas al multiplicar decimales, lo que lo llevaba a cometer errores en los cálculos.
Esta observación marcó un antes y un después. Andrea decidió complementar las notas numéricas con pequeños comentarios en los exámenes. En ellos reconocía las fortalezas de sus estudiantes, señalaba aspectos por mejorar y les daba sugerencias para avanzar.

El cambio hacia herramientas más formativas

Con el tiempo, Andrea notó que su enfoque requería mucho esfuerzo, aunque también se dio cuenta de que no era necesario hacer comentarios distintos para cada uno, ya que algunos se repetían. Por ese entonces participó de un taller sobre rúbricas y listas de cotejo, herramientas que la ayudaron a estructurar mejor la evaluación y a comunicar con mayor claridad lo que esperaba de sus estudiantes.
Pronto comenzó a compartir con ellos las descripciones de los niveles de logro antes de cada evaluación. Aunque los primeros meses fueron desafiantes —tanto para ella como para las familias, que echaban de menos la nota numérica—, poco a poco todos comenzaron a entender el valor de describir el aprendizaje en lugar de reducirlo a un número.

La transformación completa

Andrea empezó a usar la evaluación para algo más que calificar. Al tener una mejor comprensión de los avances y dificultades específicas, podía ofrecer retroalimentación diferenciada de forma individual y grupal. Esta estrategia le permitió llegar a más estudiantes y ayudarlos a reflexionar sobre sus procesos.
Cuando el Ministerio de Educación publicó el Currículo Nacional de la Educación Básica, Andrea sintió que muchas de sus prácticas coincidían con lo planteado en el documento: una evaluación no sancionadora, donde se usa el error de manera constructiva, se fomenta la autonomía y se promueve la reflexión sobre los aprendizajes. También entendió que la evaluación formativa no se limita a la evaluación certificadora y que esta, aunque importante, es solo una parte dentro de un proceso continuo de mejora.

El rol del docente en una evaluación formativa

Así como Andrea, muchos docentes han transitado o vienen transitando en este cambio de concepción sobre la evaluación. En este proceso, podemos imaginar a cada uno en un punto del camino que va de la evaluación tradicional a la evaluación formativa.

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